14 momentos que gozas y sufres cuando vuelves a casa de tus padres por Navidad

Tu madre cree que "has vuelto muy delgado" porque comes mal, pero es para volver a caber en tu cama de 90

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Cuando tienes 20 años y vuelves a la habitación de cuando tenías 10.
Cuando tienes 20 años y vuelves a la habitación de cuando tenías 10.

Los anuncios de turrones han hecho mucho mal. Cuando vuelves (a casa vueeelves) por Navidad, el tiempo no se pone a cámara lenta mientras tu perro y tus familiares te abrazan. Es más bien así: tu madre te abraza –pero a cámara normal, incluso rápida–, te dice que estás muy flaco y se pone manos a la obra para solucionarlo. No te pasa solo a ti. Esa (y muchas cosas más) forman parte de la montaña rusa emocional del regreso a Casa Padres: sube hasta la felicidad y desciende hasta el cabreo pero, sobre todo, toma curvas entre la nostalgia y el bochorno. Propio y ajeno.

1. Alucinas con el porno de frigorífico

La mejor postal navideña posible es una foto de la nevera inigualablemente llena de Casa Padres antes de una cena navideña. Hay baldas en las que, si tuvieras que meter una gamba más, tendrías que jugar al Tetris. Además, vuelves a ver todos esos productos que hace exactamente un año que no veías: los botecitos de ̶c̶a̶v̶i̶a̶r̶ huevas de lumpo, los palitos de  ̶c̶a̶n̶g̶r̶e̶j̶o̶ surimi, el  ̶f̶o̶i̶e̶ paté de pato... 

 2. Tienes que hacer el tour familiar

Hay familiares que son como las huevas de lumpo y solo los ves en Navidad. “¿Cómo no te vas a pasar a ver a tu tía, con el cariño que te tiene?”, será la pregunta que oirás X veces, donde X es tu número de tías. Hay dos trucos que vienen muy bien: el primero, intenta cenar a la vez con el máximo de familiares posible, para evitar tener que ir casa por casa. El segundo, aguanta para hacer todas las visitas después de la noche de Reyes. Si te dejan algún regalo, no tendrás que dar dos viajes.

3. Practicas de nuevo tus habilidades ninja al volver de fiesta

Ya tienes edad de sobra para salir de fiesta hasta la hora que quieras, pero la idea de abrir la puerta de madrugada y encontrarte con tu padre te produce tanto pavor como cuando tenías 16 años. Toca volver recuperar las habilidades ninja adquiridas en tu adolescencia: introducir la llave con precisión de cirujano, sortear muebles a oscuras, evitar gritar cuando la pata de una silla ataca a tu dedo meñique...

4. Sufres a tus padres 2.0

Cuando vivías en Casa Padres, no te dejaban mirar el móvil mientras comías. A veces, no te dejaban ni ver la tele. Es normal que flipes cuando, ahora, tus padres no lo suelten en toda la cena. "¡Mira qué foto me ha llegado!" "¡Mira esto qué gracioso!". Eso sí, son únicos haciendo arqueología internetera: tienen en su WhatsApp bromas que viste en ElRellano o Alcachondeo hace 15 años.

5. Vuelves a encontrarte cara a cara con tus fotos

Seguro que en algún cajón guardas algunas fotos bochornosas de tu adolescencia, pero al menos están escondidas donde casi nadie pueda verlas. De las que no puedes escaparte son de las de tu comunión, que siguen estando en sitio más visible de casa. Hay dos formas de gestionarlo: o bien haces como que no las ves, y evitas mirar a los ojos a tu yo del pasado con traje de marinero, o las subes a tus redes y esperas los likes. El retrato de comunión siempre triunfa.

6. Tu familia arranca la operación "rellenar el pavo". Y el pavo eres tú

"Oye, se nota que comes bien por ahí, has cogido algún kilo". Dijo NUNCA una madre. Tras el "estás muy flaco" de rigor, el objetivo de toda tu familia va a ser que vuelvas a casa rodando. Incluso cuando te marches, la operación "rellenar el pavo" continuará. En forma de tuppers. En Navidad es difícil no ganar algún kilo, pero si has vuelto a casa de tus padres, es directamente imposible.

Tú en Nochebuena.

7. Dices adiós a una espalda sana, dices hola a tu cama de 90

Tu madre piensa que estás muy flaco porque comes mal, pero realmente te has puesto a dieta para entrar otra vez en tu cama de 90. La parte mala es que tienes que elegir qué extremidad se queda fuera del colchón, pasando frío. La buena es que, con suerte, todavía tienes las sábanas de franela más calentitas del mundo, para compensar. Todo esto suponiendo que aún tengas cama y no hayan convertido tu habitación en un trastero.

8. Visitas tu propia biblioteca infantil

Hay algunos libros que están en todas las casas, pero te sigue encantando encontrártelos en tu estantería. ¡Libros de Pesadillas! ¡De Los Cinco! ¡Fray Perico! ¡El ojo mágico! Siempre te llevas alguno que piensas que te vas a releer, porque te gustó mucho en el instituto. Probablemente no llegues a hacerlo y, si lo haces, verás que no era para tanto.

9. Participas en la pasarela de la temporada otoño-invierno... de 1995

Hasta que no inventen una máquina del tiempo, abrir el armario de tu habitación de la infancia es lo más parecido que vas a encontrar. Allí, todavía se llevan los pantalones de campana. Y la pana. Si te da por probarte ropa, te darás cuenta de dos cosas: una, que diga lo que diga tu madre, no estás "más flaco". Otra, que de joven eras muy, muy hortera.

Tú, pensando en las posibilidades de tu armario

10. Recuperas tu pijama ridículo

Mírate al espejo: sí, eres tú, con 30 años, y con un pijama de Mickey Mouse. Algo habrá que ponerse para dormir. Si te avergüenza pasar por delante de las ventanas con él, por si te ve algún vecino, existe la variante –más digna, pero menos calentita– en la que la parte de arriba es una camiseta de tu grupo favorito hace 15 años. A juego con tus pósters. Eso sí, las zapatillas de estar por casa con pelete y el escudo de tu equipo de fútbol te siguen gustando como cuando te las regalaron.

11. Descubres que están expoliando tu habitación

A lo mejor no te has acordado de tu colección de dinosaurios de plástico en los últimos diez años, pero vaya drama como descubras que tus padres han decidido tirarlos. O peor: que se los han regalado a tus primos. O peor que peor: que se los hayan regalado a tus primos, y lo descubras cuando veas tu velocirraptor (ahora sin cabeza) en manos de tus primos.

12. Te deleitas con tu arte

Tus padres han tirado o regalado tus juguetes porque "a ver para qué quieres eso, que solo ocupa espacio", pero conservan la horrible escultura de arcilla que hiciste con cinco años para el Día de la Madre. Y el terrible cuadro hecho con acuarelas, y la piedra pintada como si fuera una mariquita, y el tarro con sal de colores... Mirar todas tus creaciones te recuerda por qué fue buena idea que no hicieras el bachillerato artístico. 

13. El interrogatorio de la marmota

La camiseta de "las notas bien y no tengo novio" es un clásico de Twitter para las cenas navideñas. Casi todo el mundo ha sufrido las mismas preguntas incómodas en nochebuena o nochevieja pero, si has pasado tiempo fuera, te las van a hacer más veces. Todo el mundo. Y algunas extras, como "¿por qué vienes tan poco?", "¿y cómo se vive en [sitio donde vivas]"? u otras que ni son preguntas, como "a ver qué haces por ahí". Pues nada bueno. 

14. Te van a entrar ganas de irte al segundo día

Y lo que es peor: conforme te vayas, te entrarán ganas de volver.

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