Tiempo de vacaciones (4 de 4): Las mejores vacaciones de mi vida

Última entrega del relato seriado de 'Verne' para estas vacaciones

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(Resumen de lo publicado: en el primer capítulo, Jaime Rubio escribe un tuit que cree polémico y contrata un viaje para huir a 1973, el año en el que nació el humor en España. Sin embargo, en el segundo capítulo viaja por error al domingo anterior, donde se encuentra con el Jaime Rubio que está a punto de escribir el tuit antes mencionado. No solo eso: en la cama se encuentra el cadáver de un tercer Jaime Rubio. En la tercera entrega ambos Jaimes viajan al sábado anterior, donde se encuentran a un tercer Jaime Rubio, que asesina al primero para que la línea temporal se mantenga coherente. A los dos Jaimes que quedan vivos se les ocurre una idea).

No pienso volver a tuitear nunca más. No trae más que problemas. El ambiente se ha vuelto demasiado hostil: uno ya no puede publicar amenazas de muerte sin que lo denuncien. ¿No ves que te amenazo en mayúsculas? Eso significa que es una amenaza irónica. Madura de una vez. Y luego está lo otro, lo de que a uno lo despiden, se va de vacaciones a 1973, acaba en el domingo anterior, se asesina a sí mismo y casi termina con la vida en la Tierra.

Admito que tal vez nos excedimos. Pero sigo pensando que no hice (hicimos) nada malo. Técnicamente, ni siquiera se puede decir que asesináramos a Jaime porque había muchos de repuesto. Y creo que el tribunal que nos juzgó no tiene nada que decir acerca de la existencia de diferentes Jaimes compartiendo línea temporal. El universo no ha dicho nada al respecto y las leyes del universo están muy por encima de la legislación por la que se rige la agencia de viajes, que es la del siglo XXIII, entre otros.

De hecho, no tomamos nuestra decisión hasta que comprobamos, si bien es verdad que accidentalmente, que no había ningún problema en esta convivencia de Jaimes. Al contrario, todo eran ventajas. Para nosotros, porque disponíamos de más Jaimes para llevar a cabo nuestros planes y hacerlo cómodamente por turnos, y para la agencia, que vio sus ingresos incrementados exponencialmente.

La cosa era sencilla, al menos al principio: solo hacía falta que los dos fuéramos a la agencia de viajes en el tiempo el sábado por la tarde y viajáramos al sábado por la mañana, donde nos encontraríamos con los dos Jaimes que aún no habían viajado. Esa misma tarde iríamos los cuatro de nuevo a la agencia y viajaríamos de nuevo al sábado por la mañana, donde nos esperarían los cuatro que aún no habían (habíamos) viajado. Más tarde iríamos los ocho a la agencia y nos reuniríamos los dieciséis por la mañana. Y así.

Es decir, como nadie regresaba jamás a su línea temporal, se iban juntando los Jaimes del pasado con los mismos Jaimes que llegaban del futuro.

—Esta idea es estupenda.

—Creo que somos pocos.

—¿Pero ya nos irá bien con un solo sueldo?

—No necesitaremos un sueldo, podremos montar una peña para jugar a la quiniela.

—O incluso organizar nuestro propio ejército.

—Y tuitear mucho más. Tuiteamos poco.

Lo que no teníamos claro era qué iba a pasar el domingo, suponiendo que alguna vez llegáramos a ese día. ¿Llegaría un Jaime del futuro o seguiría muerto? Nos habíamos planteado la idea de dejar a otro Jaime de retén para que lo llevara al sábado y así lo pudiéramos asesinar de nuevo.

Pero eso era un problema para los Jaimes del futuro.

Al principio no levantábamos sospechas: para la agencia era la primera vez que viajábamos en el tiempo. Solo éramos turistas. Además, no entrábamos a la vez, sino que íbamos de uno en uno con hábiles disfraces para que no nos identificaran.

Pero cuando una tarde (la misma tarde, vaya) nos presentamos 4096 Jaimes con bigote postizo supimos que habíamos forzado demasiado nuestra mano. A partir del Jaime 77, el agente comenzó a sospechar.

—Oiga, usted ha venido antes.

—Creo que se confunde con otra persona que es exactamente igual que yo, pero que no lleva este sombrero de copa —dije, justamente, yo mismo.

—Estoy seguro de que usted acaba de entrar. El otro también llevaba sombrero de copa.

—Sí, pero la banda era gris. Nada que ver con esta, que es gris oscuro.

—¡Mira mi monóculo! —Dijo otro Jaime, que creía que ya era su turno y había entrado antes de tiempo.

—¡Ustedes dos son iguales!

—¡Que no, que llevo un monóculo!

—¡Sombrero de copa!

Nos disgregamos y buscamos otras sucursales de la agencia en las que poder seguir poniendo en práctica nuestro plan. Pero llegó un momento en el que perdimos la cuenta de cuántas veces lo habíamos hecho (y si todos nosotros lo habíamos hecho las mismas veces). La idea era ir reuniéndonos en mi casa para organizarnos, pero cuando pasamos de los 20.000 empezamos a estar algo incómodos: mi piso tiene 50 metros cuadrados. De hecho, creo que algún Jaime murió sofocado y no descarto que otros huyeran al bar.

Total, que acabamos llamando la atención de la agencia, que envió a centenares de policías del futuro (todos diferentes) para apresarnos. No han querido decirme el número de Jaimes interceptados, pero calculan que si nos hubiéramos duplicado cuatro o cinco veces más, el planeta se habría desplazado ligeramente de su órbita y habríamos muerto todos congelados.

Nos llevaron a varias prisiones del futuro. O quizás del pasado, ni idea: no había ventanas.

—Tienes suerte, eres el único Jaime Rubio que contará con representación legal —me explicó mi abogada—. Y tienes aún más suerte, serás el Jaime Rubio que reestablecerá la normalidad.

Lo ideal, me dijo, habría sido que el primer Jaime Rubio que viajó en el tiempo pudiera volver a su línea temporal, pero eso era imposible porque había muerto el sábado anterior y a ver quién se acerca el lunes a la agencia de viajes estando muerto. Qué pereza.

La ausencia de Jaime Rubio no suponía un problema demasiado grave para la historia, a pesar de que debía dinero a varios familiares y tenía nada menos que 233 seguidores en Twitter. De todas formas, en la agencia consideraron que habiendo varios millones de Jaimes era una pena no darle servicio al menos a uno de ellos.

En concreto, a mí.

Me escogieron al azar de entre todos los Jaimes que continuaban enteros y me enviaron con mi billete de vuelta al martes. Recobré mi vida (o la vida de un Jaime Rubio) a condición de no poder volver a usar la agencia de viajes en el tiempo en mi vida.

Y creo que van a exterminar al resto de Rubios.

Esto último es desagradable, pero por otro lado pienso que nunca podrán matar a Jaime Rubio mientras yo, Jaime Rubio, siga vivo.

En todo caso, estas han sido las mejores vacaciones de mi vida. Me he conocido a mí mismo. Muchas veces. Y el sábado se me hizo larguísimo. Eso no suele pasar y siempre está bien.

Basta de turistas, aprendamos a viajar (carta a la directora de EL PAÍS, publicada el 2 de septiembre de 2180)

Permitan que traicione mi edad: antes sí se viajaba en el tiempo, y no como ahora. Éramos cuatro aventureros que nos atrevíamos a desafiar los riesgos de los agujeros de gusano y que no teníamos muy claro si apareceríamos en la Edad Media o en medio del universo. Pero en los últimos años estos viajes se han adocenado.

Al final todo el mundo va a los mismos sitios, a los favoritos de los turistas: hay colas para matar a Hitler, las pirámides están llenas de despedidas de soltero y el otro día me trajeron de souvenir otra cabeza de un aristócrata francés ejecutado durante el Terror. ¡Ya tengo siete pegadas a la nevera! Y eso por no hablar de los viajes organizados para ver la explosión de la central de Chernóbil.

Que no se me malinterprete: me parece muy bien que cada vez más gente se pueda permitir estos viajes literalmente históricos. Lo que lamento es que cada vez menos gente los disfrute. A lo mejor ha llegado el tiempo de volver a viajar en el espacio, como se hacía en los tiempos de nuestros abuelos. Dicen que París está muy bonito en esta época. Me refiero a justo y precisamente a esta época. No a esa porquería de junio de 1890, llena de gente haciéndose selfis.

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