Tiempo de vacaciones (2 de 4): ¡Alguien nos ha asesinado!

Segunda entrega (de cuatro) del relato seriado de 'Verne' para estas vacaciones

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(Resumen de lo publicado: en el primer capítulo, Jaime Rubio escribe un tuit que cree polémico y contrata un viaje para huir a 1973, el año en el que nació el humor en España).

Suelo dedicar las mañanas de domingo a dar mi opinión en Twitter sobre algún tema de actualidad. No quiero sonar vanidoso, pero mis 233 seguidores disfrutan de mis comentarios provocadores al filo de la actualidad. A veces incluso recibo mensajes directos de algunos de mis fans, que me dicen cosas como: “Do you want cheap bitcoins? Check this out!” y un enlace a una página en ruso.

Esa mañana aún estaba indeciso sobre a qué tema dedicar mi tiempo y mi atención, así que leía la prensa para saber qué opinión siempre certera podía dar al respecto de qué. ¿Quizás sobre la libertad de expresión y sus límites? El otro día los vecinos me obligaron a guardar mi megáfono. ¿No están así coartando mis derechos? Y también los suyos: ¿acaso ellos no tienen derecho a escuchar mis ideas? Renunciaría al megáfono en caso de que todo el barrio me siguiera en Twitter, pero sé que no es el caso. Por ejemplo, el otro día hablaba del asunto con una vecina.

—No tuiteo mucho. Aparte de los domingos, cuando intento hacer algún hilo (enhebrarlo, como me gusta decir a mí), no publico más de un comentario cada hora. Intento contenerme. Creo que es más importante la calidad que la cantidad.

—QUE SI QUIERE BOLSA.

En esas estaba cuando oí que alguien abría la puerta de mi piso. Me levanté rápidamente, decidido a detener al intruso. Pero lo hice demasiado rápido y me dio un bajón de tensión, por lo que tuve que volver a sentarme, mientras gemía: “Las sales, las sales…”. Un viejo chiste privado que siempre me hace reír.

—¡Esto es increíble! ¡Estamos en 1973 y mi piso está igual! ¡Incluso siguen valiendo las llaves! ¡Y eso que se supone que el edificio no se construyó hasta 1994! ¡Me van a oír en la agencia! ¡En las dos!

Me levanté más despacio, apoyándome en la mesa de mi escritorio y salí al pasillo. Allí vi a un tipo apuesto, de metro cuarenta y dos, con una ligera e interesante desviación de columna y la piel de un tono ligeramente amarillento… ¡Era yo mismo!

—¡Cielos! —dijo mi otro yo—. ¡En 1973 yo estaba igual! ¡Eso es imposible!

—¿Quién eres?

—¡Soy Jaime Rubio! ¿Quién eres tú y por qué eres tan guapo?

—¡Soy Jaime Rubio!

—¡Bésame! ¡No, espera! ¿Qué haces aquí?

—¿Quién está hablando? ¿Tú o yo?

—Creo que yo.

—¿Cuándo?

—Ahora yo. Y antes tú.

—¿Por qué llevas mi ropa puesta?

—¿Qué haces en mi casa?

—Madre mía, pero qué guapo eres.

—¡Céntrate, Jaime!

—¡Céntrate tú!

—¡Eso estoy diciendo!

—Ah, perdona, pensaba que me lo decías a mí.

—Te lo decía a ti. No, me lo decía a mí.

—¿No serás un espejo?

—¿Eres un clon?

—Maldita sea, qué guapo eres.

—Sentémonos y hablemos.

—¿Quieres un café?

—Claro que quiero un café, ¿no te he dicho que soy Jaime Rubio? ¡Es el café el que me quiere a mí!

El intruso, al que llamaremos Jaime (yo soy Rubio), me contó su historia: tras publicar un tuit polémico se había visto obligado a irse de vacaciones a 1973.

—Al principio creía que 1973 había resultado un timo. ¡No había ni una sola calle en blanco y negro! Y cuando le pregunté a un tipo si él era Carrero Blanco lo único que me dijo fue que le soltara el brazo. ¡Era él quien apresaba mis dedos haciendo una llave con su codo! Empecé a sospechar que me habían timado cuando vi a una señora con un móvil. ¿Puede ser que haya móviles en 1973? ¡No lo sé! ¡No soy historiador!

—¡Yo tampoco!

—Buscando más pruebas di un paseo por mi barrio. Todo seguía igual. Incluso el árbol de la plaza que uso para rascarme la espalda tenía las marcas de esta mañana.

—Ah, ese nudo de arriba… ¡Menuda maravilla!

—Así que decidí intentar visitar mi piso para proseguir mi investigación y aquí me encontré. Jovencísimo. En 1973, hace… No sé cuántos años, exactamente, tampoco soy matemático.

—No estamos en 1973 —le dije—. Estamos a domingo.

—Ajá. ¡Y en 1973 aún no se habían inventado los domingos!

—Quiero decir que estamos a hoy, no en 1973.

—¡Pero en 1973 también tenían días que eran hoy! ¿Cómo podemos saber a qué hoy te refieres?

—A hoy en concreto.

—¿Qué día es hoy?

—Domingo. Pero lo importante es el año. Estamos a 2019.

—2019… El futuro. No, espera, es el presente. ¡Yo vengo de 2019! ¡Pero era martes! ¿Seguro que hablamos del mismo 2019? ¿No estaremos en una dimensión alternativa en la que no hay lunes?

—¿De qué fecha vienes?

—Del martes.

—¿De qué martes?

—Del que viene.

Tras varias horas de conversación, concluimos que sí, de que se trataba del martes siguiente y que solo había viajado dos días hacia el pasado.

—¡Pues me han cobrado el viaje entero!

—Y con la tontería, aún no he escrito mi tuit provocateur de los domingos. ¿A qué hora lo publicaste?

—¡No! ¡El tuit!

—Ni siquiera tengo tema, ¡dictámelo!

—No, que se va a liar. Además, ya hace muchas horas que lo deberías haber publicado. Ya hemos cambiado el pasado.

—Da igual, ¿no? —Dije—. Es tu pasado, pero es mi presente, así que yo sí puedo cambiarlo.

—¿Eh?

—Tú no puedes cambiar tu pasado, pero yo sí puedo cambiar mi presente.

—Pero entonces estarías cambiando mi pasado.

—Ese es tu problema, no el mío. Yo puedo hacer lo que me dé la gana.

—Me duele la cabeza.

—Total, que mejor no publico el tuit. Así ni voy a la cárcel ni me despiden.

—Pero si no publicas el tuit, tampoco viajarás al pasado ni llegarás aquí por error, por lo que entonces un tercer Jaime Rubio publicará el tuit y viajará en el tiempo y cambiará la historia, pero luego…

—Bueno, como ves, se va arreglando solo.

—Al contrario, se va estropeando solo.

—A eso me refiero.

—No puedo dejar de mirarte, eres guapísimo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué podemos hacer?

—No sé yo, pero deberíamos tener cuidado. Algo ya hemos hecho.

—Sí, podríamos rasgar el tejido del espacio tiempo.

—Peor aún. Sígueme —le dije. Y me siguió. Y le llevé al dormitorio. Y le enseñé el cadáver que había sobre la cama—. No entendía muy bien de dónde había salido, pero creo que tiene que ver conmigo.

—¡Eres tú!

—Y tú. Alguien nos ha asesinado.

¿Viajar en el tiempo? No, gracias (crítica de Tripadvisor, dos estrellas)

Me acerqué a la agencia de viajes en el tiempo de mi barrio porque llevaba años queriendo viajar al Londres del siglo XIX para averiguar la verdadera identidad de Jack el Destripador. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando al abrir la puerta me vi que estaba en Londres, pero a finales del siglo XXIX! Pasé más de siete años en la cárcel porque los viajes en el tiempo están prohibidos en esa época. Y cuando pude regresar a casa, el agente se negó a devolverme el dinero, alegando que la letra pequeña del billete especifica que los agujeros de gusano son muy inestables y los errores, frecuentes. La agencia “no se hace responsable”, dice. ¡Casi me matan y no se hace responsable!

Lo de “casi me matan” no es exagerado. Sé de al menos una persona que murió por uno de estos errores de los que “no se hacen responsables”. La prima de mi marido quería conocer a los dinosaurios y le cayó un meteorito encima.

Le pongo dos estrellas y no solo una porque en el siglo XXIX las cárceles están (estarán) muy limpias. Son el equivalente a un hotel de tres estrellas. Salvo por los varios intentos de asesinato a los que sobreviví. La gente del futuro es limpia, pero se enfada por cualquier cosa.

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