¿Contribuyen las redes sociales a extremar las opiniones políticas?

“Esto que voy a decir ¿va a ser más beneficioso que dañino?”

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Jóvenes en Figueres con la bandera independentista y la española
Jóvenes en Figueres con la bandera independentista y la española.

“La atmósfera se ha puesto tan pesada que, escribas sobre lo que escribas, siempre se acaba en lo mismo”. Así explicaba el escritor Antonio Muñoz Molina en la Ser su decisión de dejar de escribir en su blog durante un tiempo.

Con "lo mismo" se refiere, claro, a la situación en Cataluña. Y ponía como ejemplo un breve texto que había escrito pocos días antes sobre Monteverdi que se había llenado de comentarios sobre Rajoy y Puigdemont. Y todo este ruido, explica, no sirve para nada: "¿Tanto hablar y hemos adelantado tan poco?".

Esta decisión viene tras la repercusión a su artículo En Francoland, publicado el sábado 13 de octubre en EL PAÍS (y también en su blog). En este texto relataba su experiencia teniendo que explicar fuera de España que nuestro país ya no es el de la dictadura. El artículo de Muñoz Molina fue muy bien recibido por muchos, pero también recibió críticas.

Es frecuente encontrarse con posiciones muy encontradas sobre el tema catalán en redes sociales (y no solo en redes, claro). Y, tal y como le ocurría al escritor con su texto sobre Monteverdi, también es habitual que muchas conversaciones deriven en el ya llamado “monotema”.

Da la impresión de que no hay mucho espacio para los matices. Esta tendencia a ir a los extremos es frecuente en redes sociales: según un estudio del instituto de análisis estadounidense Pew Research publicado en 2014, cuando se habla de un tema político “es habitual ver cómo se forman dos bandos separados. Se forman dos grupos de debate diferentes que por lo general no interactúan el uno con el otro” y que entre sí están “muy interconectados”. En esto influye el hecho de que los debates en redes a menudo se articulan en torno a unos pocos “superparticipantes”, una minoría muy polarizada, muy activa y muy visible.

Antes de las elecciones estadounidenses del año pasado, Pew Research publicó varios estudios que incidían en la misma idea:

- Casi dos terceras partes de los usuarios de redes consideraban “estresante y frustrante” hablar de política en redes con gente que mantiene opiniones diferentes.

- Hasta un 20% admitía haber cambiado su punto de vista sobre algún tema político tras leer algo sobre el asunto en redes sociales. Eso sí, cuando el cambio se refería a Trump o a Clinton, era para acabar con una opinión aún más negativa de cada candidato.

- Esto último también significa que 8 de cada 10 personas jamás habían cambiado sus opiniones políticas por nada que hubiera leído en redes.

- El 84% afirmó que muchos dicen en estas plataformas cosas que no dirían a la cara, cosa que deja claro que el tono no es de intercambio amable, precisamente.

- Solo un 15% responde a las publicaciones con las que no está de acuerdo: la mayor parte prefiere ignorarlas.

Esto último parece comprensible: ¿para qué correr el riesgo de entrar en una discusión desgradable? Sin embargo, si no interactuamos con quienes piensan diferente en Facebook o los ocultamos en Twitter, acabamos contribuyendo a la burbuja de filtros que describió Eli Pariser ya en 2011. Es decir, acabaremos viendo solo contenidos con los que ya estábamos de acuerdo incluso antes de saber que existían. Al final se refuerzan nuestras ideas preconcebidas y caemos en el error de creer que todo el mundo piensa igual que nosotros.

Hay que apuntar que las redes pueden propiciar la polarización o las cámaras de eco, pero todo esto ya existía antes de que llegaran. Estos medios simplemente nos dan aún más oportunidades de caer en el sesgo de confirmación y hacer caso solo de los argumentos y datos que están de acuerdo con nuestras ideas, descartando los que las contradicen con cualquier excusa.

Yo no soy machista, pero...

La política no es el único tema que genera insultos, como sabrá cualquier periodista que haya escrito un artículo sobre feminismo. En un análisis de los comentarios de su web, Slate comprobó que “es más posible que alguien comente un artículo si trata sobre feminismo o racismo”. Después venían otros temas, como el cuidado de los niños y la religión.

De hecho, es probable que cualquier opinión, sea o no sobre Cataluña, provoque más insultos si la firma una mujer. Un estudio de The Guardian publicado el año pasado analizó 70 millones de comentarios de sus lectores, llegando a una conclusión que solo sorprenderá a alguien que ha pasado los últimos 20 años en una isla desierta: “De los 10 escritores que sufren más acoso, ocho fueron mujeres (cuatro blancas y cuatro no-blancas) y dos, hombres negros”. En el caso de este medio, los temas que más comentarios generaban eran el feminismo y las violaciones. Seguían los artículos que hablaban del conflicto entre Israel y Palestina.

¿Tiene solución?

Lo ideal sería poder propiciar un debate matizado, tranquilo, en el que se respetaran los puntos de vista ajenos. Como recuerdan Whitney Phillips y Ryan M. Milner en su libro The Ambivalent Internet, hay que recordar que “la gente no es una masa monolítica e indiferenciada, sino que está compuesta de un número de perspectivas y colectivos, una cacofonía de voces e intereses que constituyen públicos múltiples”. Citan al filósofo John Stuart Mill, que recordaba en Sobre la libertad que los debates “sectarios” son oportunidades para “compartir la verdad" entre los grupos y propiciar argumentos más matizados y un pensamiento más crítico.

Phillips y Milner también hablan de la importancia del humor (y de los memes) para “facilitar el debate público significativo”. El humor permite criticar y mostrar lo absurdo de algunas situaciones de manera amable, aunque también pueda molestar. Volviendo a Cataluña -es verdad que no se puede escapar del tema- ha habido chistes tanto en Twitter como en WhatsApp. Mención aparte merece el seguimiento que ha llevado a cabo El Mundo Today, con titulares como “Ser catalán será ilegal a partir de octubre”. También hemos visto a humoristas que se han puesto más o menos serios para hablar del tema, como Andreu Buenafuente y Berto Romero.

Pero el objetivo parece casi de ciencia ficción. De entrada, muchos de estos matices quedan de lado en debates tan polarizados: cuando aparece alguien que se niega a identificarse con los extremos, enseguida queda caracterizado de tibio o de equidistante. Es más, cada bando acusa a estas personas de hacer el juego al bando contrario, convirtiendo así a quien no se alinea con ellos en un socio del enemigo. Como apuntan Phillips y Milner, la unidad de un grupo a menudo se consigue mediante la hostilidad hacia los que no pertenecen a él. O conmigo o contra mí.

Además de eso, no es descartable que a menudo -al menos con ciertos temas- seamos más desagradables en internet. John M. Reagle escribe en Reading the Comments que “online, la gente exhibe una mayor igualación (por ejemplo, entre alumno y profesor) y desinhibición”. La ausencia de contexto y comunicación no verbal puede dar lugar a que “buena gente actúe mal”, al no apreciar los efectos de sus palabras: “Si pudieran ver que están molestando a alguien, muchos no estarían tan dispuestos a comportarse de esta manera”.

También hay menos riesgo: la distancia y (a menudo) el anonimato permiten atacar más fácilmente a la persona con quien se está hablando.

Al final y teniendo en cuenta todo esto, no es de extrañar que Muñoz Molina opte por un tiempo de silencio. “Esto que voy a decir, ¿va a ser más beneficioso que dañino?”, se preguntaba en la entrevista citada. Claro que uno puede hacerse esa pregunta y aun así llegar a la conclusión equivocada.

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